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Querido Miguel, o el placer de leer a Natalia Gizburg

Siempre me cuesta repetir con autores. Pienso que hay tantos libros maravillosos por leer, que necesito ir saltando de uno a otro e ir probando diferentes sabores, aunque no consigo que me abandone esa sensación de estar perdiéndome algo… Hay pocos que lleguen para quedarse, pero Natalia Ginzburg es, sin ninguna duda, una de ellos.

Leerla es un placer que no quieres que acabe jamás. Ya me pasó con Me casé por alegría (podéis leer la reseña aquí).

En Querido Miguel mezcla la narración convencional y la novela epistolar para hacernos bucear en las relaciones de una familia italiana en 1970 y de algunos de sus amigos y conocidos. Y como en la mayoría de sus textos, la soledad ejerce el papel protagonista.

Es curioso cómo, a través de la correspondencia entre los diferentes personajes, esa soledad en la que todos nadan pueda hasta casi paladearse. Las cartas no son el canal de comunicación entre ellos, sino mensajes en una botella lanzados al mar que flotan a la deriva. En esas cartas cada uno vacía su alma, pero no hay nadie que realmente escuche. Nadie conoce a nadie y lo reconocen abiertamente.

En esas cartas, los personajes no se dejan llevar por arrebatos sentimentales, sino que son capaces de describir lo que sienten con una precisión brutal. Incluso aquellos que pertenecen a las clases mas bajas, aquellos que no tienen estudios ni cultura, son capaces de utilizar el lenguaje de una forma casi mágica. Es, por ejemplo, el caso de Mara, la amiga pobre de Miguel.

“Se quedaba allí perdido en sus melancolías, y yo me di cuenta de que en sus melancolías no iba a lograr entrar nunca porque allí sitio para mí no lo había. Y este “nunca” me parecía horroroso. Así que me fui.”

Esto podría chirriar en otros libros con otros autores, pero Ginzburg lo hace con una maestría única. No se vale de estereotipos. Sus personajes son tan complejos como maravillosos, incluso aquellos que no te caen bien.

De este libro me han gustado especialmente los papeles femeninos. Creo que desprenden una fuerza que no tienen los hombres de la novela, los cuales van un poco dejándose llevar, sin saber muy bien a dónde quieren ir.

Para mí Natalia Ginzburg es una ESCRITORA con mayúsculas y al leerla sientes que cada palabra está escogida con mimo, nada está puesto ahí al azar. Todo tiene un objetivo. Y no solo es su dominio de la lengua lo que deja sin aliento, sino su arte a la hora de contar y construir sus historias.

«En este mundo nos pasamos la vida dándonos pena unos a otros.»

Buscando información sobre Ginzburg he encontrado este texto suyo que traduzco chapuceramente del alemán, porque no lo encuentro en castellano: Mi oficio es escribir, y ya hace tiempo que se me da bastante bien. Cuando escribo historias, me siento como alguien que está en casa, en esas calles que conoce desde pequeño, entre las paredes y los árboles que le pertenecen. Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas de mi vida, cosas que recuerdo, pero historias en ambos casos. Cosas en las que no es la educación, sino solo la memoria y la fantasía juegan un papel. Esta es mi profesión, y la ejerceré hasta el día de mi muerte.

Amén hermana. Me hubiera encantado conocerte y aprender de ti.

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