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La canción de los vivos y los muertos, de Jasmyn Ward.

Me gusta pensar que sé qué es la muerte. Me gusta pensar que es una cosa que podría mirar a la cara.

Con esta frase arranca La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward, una de las novedades de 2018 que había deseado con más fuerza. Un deseo espoleado por un alud de reseñas magníficas y el plus de una edición preciosa por parte de Edicions del Periscopi (edición en catalán) que en Navidades, aprovechando mi visita a Barcelona, me llevaron irremediablemente a la librería y al pecado.

Y puedo decir convencida que sigue la racha de libros magníficos leídos este 2019. Los gritos que desgarran en esta novela a tres voces acaban por romper todas las barreras y te atrapan en la intensidad narrativa de Ward.  

Oscilando principalmente entre los pensamientos de Leoni y Jojo, madre e hijo, niño mestizo y mujer negra, vamos descubriendo el dolor sordo que lleva enraizado en su familia como una mala hierba desde siglos atrás y que va pasando de manera inevitable, adaptándose y cambiando de forma, de generación en generación.

La canción de los vivos y los muertos es un drama familiar en el que se mezclan conflictos raciales y sociales, la exclusión y la pobreza, la intolerancia y la sordidez de un mundo en el que muchas almas se quedan atrapadas por el sufrimiento. Mezclando la crónica social con el misticismo, las tradiciones y un poco de fantasía y más allá, Ward ofrece a los protagonistas una vía de consuelo y redención.

Los personajes son una maravilla, especialmente Jojo, quien, junto a su madre, lleva casi todo el peso de la narración. La complejidad de sus personalidades, de sus rencores y sus pasiones, su actitud ante los acontecimientos que intentan guiar sus vidas y la fuerza con la que se revuelven me ha enamorado.

Pero también cada uno de los personajes “secundarios”, especialmente los abuelos de Jojo, así como el misterioso Richie, todos ellos llenos de aristas, de luces y sombras, secretos y pasado. Un catálogo de personajes riquísimos únicos e inclasificables. No necesitas leer el nombre para saber quién te está hablando en cada momento.

El contexto geográfico, juega un papel también importantísimo. Un Mississippi un tanto sórdido, incapaz también de desprenderse de su pasado, y que a la mayoría nos sonará de las diversas películas que ya conforman nuestro imaginario cultural. Y que da peso a la desesperación y la asfixia, casi palpables, que sienten los personajes durante todo el libro.

En este ambiente, Leoni, Jojo y Kayla (su hermana pequeña) emprenden un viaje en coche para ir a recoger a su marido. Este viaje que pretende ser un punto de partida hacia una nueva vida les obligará a una convivencia forzada que, más que unirles como familia, servirá de potenciador de sus discrepancias y rencores, y pondrá de manifiesto abismos insalvables entre ellos.

Jesmyn Ward no da tregua, mete tus emociones en una lavadora y la pone a centrifugar al máximo. No hay lugar para la esperanza. No hay respiro y acabas el libro realmente agotado.

Una lectura muy intensa, dura, y sin embargo bellísima. El talento de Ward para las palabras es innegable, no en vano es la única persona que ha ganado dos veces el National Book Award.

Si te gustan las lecturas intensas, poéticas, que revuelvan conciencias, que golpeen con realidades a las que a veces no queremos abrir los ojos y que rompan todas las barreras que construimos para protegernos de ellas, este libro es para vosotras.

*Yo leí la versión en catalán Canteu, esperits, canteu, editada por Edicions del Periscopi y traducida por Josefina Caball. La edición en castellano es de Sexto Piso y está traducida por Francisco González López

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