Los pensamientos compartidos pican menos

Los pensamientos compartidos pican menos

Incitada por una amiga muy motivada, durante un tiempo me dio por buscar información sobre emprendeduría para encontrar un camino profesional que realmente fuera mío. Para agenciarme un pedacito de ese éxito de algodón de azúcar que no paraba de ver en las redes sociales.

Los mensajes siempre eran del estilo: “Encuentra lo que verdaderamente te gusta y la manera de sacar dinero de ello y tendrás una vida maravillosamente feliz. Es posible, solo has de querer.”

Reflexionando sobre ello, me acordé del libro de Sonríe o muere, de Bárbara Ehrenreih (que reseñaré más adelante cuando lo termine). La presión que este tipo de pensamientos “positivos” ejercen sobre nosotros es brutal ya que, de manera involuntaria pueden inocular en nosotros la falsa idea de que si fracasamos en nuestro empeño es exclusivamente culpa nuestra. Y yo creo sinceramente que eso no siempre es cierto.

En relación con lo que decía al principio, mientras estaba enfrascada en estos pensamientos, me llegó una de esas tantas Newsletters a las que mi afán emprendedor y optimista me había obligado a suscribirme. La autora hablaba en ella sobre la transparencia, sobre lo de moda que estaba ahora eso de mostrar también la cara oculta de la luna en las redes. Pero esas sombras son una verdad a medias ya que

«realmente, sería insostenible para nuestras lectoras y para nuestra marca mostrar la realidad de la realidad. Seríamos un coñazo: oscurísimas, quejicas, amargadas, preocupadas, asustadas, histéricas, ansiosas (al menos yo). La verdad más verdad de la intimidad de tu casa no la quiere sostener nadie. Nadie, ni prácticamente los amigos más cercanos. Nadie. Bueno, igual dos o tres personas en tu vida, como máximo, si eres afortunada. Entonces, midamos cuántas cucharadas de realidad y cuántas cucharadas de pantalla, cuántas tacitas de autopromoción y cuántas tacitas de lifestyle, cuántos gramos de vender productos y cuántos gramos de decir frases inspiradoras. Démosles la medida justa y estarán felices, pero si la cagamos en la receta… ay. Que no se nos derrumbe todo el tinglado.»

Creo que este fragmento de la Newsletter refleja la esencia de todas esas cuentas en redes sociales que ahora están tan de moda, esas que llamamos de influencers que consisten en vivir solo de cara para afuera.

No digo que esté mal, pero me parece que son una pieza más de un juego peligroso (cómo la publicidad, por ejemplo). Un laberinto de espejos que refleja una sola imagen. Imagen que es imposible no desear y que puede crear mucha tensión y mucha frustración.

Y me di cuenta de que eso no era lo que yo quería para mí. No quiero tener que estar siempre midiendo qué y cuánto doy de mí con el único fin de conseguir, y lo que es aún más difícil, mantener, el reconocimiento vacío de un montón de desconocidos.

Y no quisiera expresarme mal. Instagram (y en general las redes sociales) puede ser maravilloso, gracias a él he conocido a gente increíble de la que sé que nunca voy a parar de aprender y que siempre serán inspiración para mi vida. Pero en parte es inevitable que acabe ejerciendo una exigencia que para mí es insostenible. ¿Cómo vivir sin estar constantemente comprobando el número de seguidores o sin venirte a bajo cuando no sube o incluso baja? Como si yo necesitara algo más que mi radiopatio interior (eso que llaman super yo) para cuestionarme y darle a la autocrítica descarnada.

Tener más o menos seguidores no es obligatoriamente sinónimo de estar haciéndolo mejor o peor. En mi lista de cuentas favoritas tengo ejemplos claros de ello. Pero es inevitable cuando te expones en este tipo de plataformas sentir que esas cifras representan tu valor.

Así que ahora estoy con un pie dentro y otro fuera del carro, poniendo todo de mi parte para conseguir bajarme de él. Para quedarme solo con lo mejor y disfrutar de un hobby (los libros y la escritura) maravilloso que me hace disfrutar muchísimo. Con el que me gustaría ganarme la vida (y nunca voy a dejar de intentarlo) pero por el que no pienso ofrecer ni una pizca de sufrimiento. Si no puedo trabajar en esto lo haré en otra cosa, e intentaré disfrutarla al máximo. Y siempre me quedará este pedacito de red para convertir mis preocupaciones y mis alegrías en un puñado de bites, para que dejen de ocupar sitio en mi cabeza y mi cuerpo y eso siempre está bien.



2 pensamientos sobre “Los pensamientos compartidos pican menos”

  • Muy de acuerdo. El camino de la emprendeduría es muy difícil y cuando te lanzas a ello sola, es normal que pienses que si algo ha fallado ha sido todo culpa tuya.
    Creo que es importante plantearse objetivos reales y honestos (sobre todo cuando se trata de hacerte un hueco en redes sociales).
    Yo prefiero tener una audiencia pequeña pero fiel a un montón de desconocidos a los que no les importo.
    Y especialmente cuando trabajas por tu cuenta, debería de gustarte lo que haces y sentirte cómoda en todas tus facetas (también como social media manager). Si no, de qué ha valido todo el esfuerzo si al final acabarás esclavizada por tí misma e infeliz. Ánimo!

    • Y por ser la primer en comentar en mi blog te llevas de regalo esta fantástica aspiradora XD.

      Realmente es un camino difícil, tanto a la hora de andarlo, como de no verte superado por las expectativas o la frustración. Por eso bueno que se muestren también las dificultades en redes sociales, no solo lo «chupiguay», aunque como comento en mi blog, todo suele estar perfectamente medido y es imposible saber hasta qué punto la sinceridad está presente…

      Por eso lo único importante es ser fiel a una misma y disfrutar de lo que se haga. Si no, es solo tiempo perdido.

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