La ciudad y la casa, de Natalia Ginzburg

La ciudad y la casa, de Natalia Ginzburg

A estas alturas de la película no es ningún secreto que Ginzurg me gusta; que me gusta mucho. Su calmada potencia narrativa y el talento que tiene para zambullirse en las profundidades de las relaciones interpersonales me absorben inevitablemente y me impulsan no solo a leerla, sino también a querer hablar de ella.

Por mi experiencia con la autora puedo afirmar que es una artista de la novela epistolar, estilo que también utiliza en su última obra La ciudad y la casa y que le sirve de espejo de muchos prismas a través de los cuales se articula toda una red de complejas relaciones entre un grupo de amigos y parientes. Relaciones tormentosas o banales, más cercanas o más distantes, pero siempre fragmentadas.

Además, y como es habitual en las novelas Ginzburg, en La ciudad y la casa también tiene un papel principal la imposibilidad de los personajes para comunicarse unos con otros. Esta paradójica carencia comunicativa va envolviendo el ovillo de sentimientos, recuerdos y resentimientos que atrapa al lector en una angustia turbia.

Aun así, a través del intercambio de correspondencia (en general breve y escueto) nos vamos enterando de las luces y las sombras de los diferentes actores a través de su propia voz, y me parece brillante como Ginzburg es capaz de dotar a cada uno de esa voz que es solo suya, y somos capaces de ver a Giuseppe,  Lucrezia o  Roberta (uno de mis personajes favoritos) hablándonos desde su ciudad, desde su casa.

Pero uno de los aspectos que más me ha llamado la atención es el espíritu transgresor que se desprende, propio de las convicciones de la autora en una época en la que su compromiso político volvía a captar una parte importante de su vida. Con deliberada intención, Ginzburg rompe con todas las convenciones y roles estereotipados y echa a patadas el modelo tradicional de familia.

Y de fondo una pregunta, la cual seguro que nos hemos hecho todos en algún momento de nuestra vida, sobre todo aquellos que, como la autora, nos hemos visto abogados a cambiar de casa en varias ocasiones, y que Meritxell Curcuella-Jorba (traductora de la edición catalana de Club Editor) pone en palabras en la conclusión: ¿dónde está mi verdadero hogar? El hogar, un tema universal que aquí Natalia también es capaz de pintar desvinculado de cualquier tradicionalismo.

Precisamente de la conclusión quiero destacar un fragmento que me ha parecido maravilloso: «No nos podemos llevar nunca las casas en nuestro transitar nómada por esta vida. Pero nos quedarán los objetos, la materialidad limitadísima que nos ligará a algún recuerdo del pasado. Una cajonera, una colcha, una alfombra, el cuadro del rey Lear (…).”

Y seguro que se me han escapado un montón de matices más, pero así tendrás el placer de descubrirlos por ti misma cuando la leas.

La edición en castellano pertenece a Lumen (actualmente sello editorial de Penguin Random House).



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