Inmersión, un sendero en la nieve. De Lidia Chukóvskaia

Inmersión, un sendero en la nieve. De Lidia Chukóvskaia

Este año ha sido especialmente bueno en el amor. Primero tuve un flechazo con Natalia Ginzburg, que se ha convertido en una relación estable, de esas en las que la magia y las cosquillitas del principio nunca te abandonan (puedes leer aquí y aquí las reseñas que he escrito sobre ella en el blog).

Pero, aunque no haya desaparecido ni un ápice de mi amor por Ginzburg, desde hace unas semanas mi corazón le pertenece a Lidia Chukóvskaia. Estoy perdidamente enamorada, no puedo pensar en otra cosa que no sea Inmersión, un sendero en la nieve, y me está costando mucho volver a leer algo que no sea de ella. Quiero saber más, seguir metida en su mundo.

Este libro llegó a mí de casualidad, iba buscando otro de la misma editorial que no encontré en la librería y me resistía a irme con las manos vacías. Di una vuelta y lo vi. La sinopsis me llamó la atención, la editorial me atrae desde hace tiempo y pequé. Y jamás le estaré lo suficiente agradecida a la Bea del pasado por la decisión que tomó.

La novela se centra en la vida de una escritora y traductora en la Rusia soviética de 1949, justo después de la Segunda Guerra Mundial y en un momento en el que las purgas y el terror eran herramientas esenciales para la supervivencia del Régimen.

Con una prosa sencilla, directa, dura pero dulce a la vez, compartimos el viaje de la protagonista en el cual pretende ¿exorcizar sus fantasmas? ¿comprender lo incomprensible? ¿perdonar? ¿perdonarse? No lo tengo del todo claro.

Es un viaje a dos bandas, uno real, físico: un retiro a una casa de campo para intelectuales, en el que Nina, la protagonista, se aleja de su rutina para disfrutar de un mes en la tranquilidad de la naturaleza. Y un viaje metafórico hasta el fondo de su alma y de su pasado. Este segundo viaje está representado por las “inmersiones”, que en el libro tienen un significado casi místico. Escribir para recordar, para perdonarse, para curar, para honrar. Escribir o morir.

Una de las (muchas) cosas que más me han gustado del libro es que me ha despertado el gusanillo de la poesía, un género que nunca me ha atraído demasiado, y que en el libro tiene una importancia casi vital. Ahora siento que necesito empezar a leer poesía, me siento como si esta tuviera el poder de cambiarme, como si fuera el gran secreto de la vida y que me lo he estado perdiendo por tonta. (Sí lo sé, desvarío un poco.)

Pero no solo de poesía, el libro está lleno de referencias a la literatura rusa, así que es de esos libros que te llevan a otros libros, a otras voces, a ampliar conocimientos… ¿Qué más se puede pedir?

Es más, si te acercas a oler el libro, puedes percibir el gran amor que Chukóvskaia sentía por la literatura:

“Coger palabras corrientes, <<la nieve azotaba la ventana>> y crear con ellas una sinfonía.”

O

“Las letras se combinan en palabras, las palabras en renglones, los renglones en párrafos, los párrafos en artículos, pero nada se transforma en ideas, en sentimientos o en imágenes.”

Es esta idea la que no deja de revolotearme por la cabeza. Que para la autora, la literatura tiene que decir, tiene que remover y tiene que servir de arma. De arma contra las injusticias y contra la tiranía, destapar el fraude, contar “la otra historia”, la que no quieren que veamos.

“¿Y si cuando creciera [hablando de su hija] tampoco comprendía nada? La escuela y los periódicos le enseñaría a no comprender.”

La prosa de Chukóvskaia está fuertemente marcada por el momento histórico y político que le tocó vivir. La brutalidad de la represión del régimen soviético y el exilio. Pero la suya es una de esas voces que no se dejaron callar y que siguen alentando al resto a gritar. Según nos cuenta Marta Rebón en el postfacio, Lidia Chukóvskaia se convirtió en un referente ético por su valentía y firmeza.

Precisamente el párrafo que cierra el postfacio me ha encantado y creo que lo voy a imprimir y enmarcar:

“Cuando aceptamos repetir sin más las palabras que nos llegan de fuera, nos sometemos a una visión sesgada de la realidad. La literatura alienta nuestra capacidad de reflexionar sobre la complejidad del mundo y de combatir la tiranía.”

Creo que esta definición de literatura es la que me empujó hacia ella cuando era muy pequeña y empecé a soñar con ser escritora, y más tarde cuando me lancé a la aventura de estudiar periodismo. Con el tiempo empezó a crecer en mí la sensación, de que nunca dejaría de ser un sueño, una utopía, algo que siempre se quedaba en intención, nada más. Gracias, Lidia Chukóvskaia, por quitarme las legañas y devolverme ese deseo, esa ansia que perdí hace tanto tiempo.

Podría estar una eternidad hablando sobre este libro: la belleza de su prosa, la genialidad en la descripción de sus personajes, la sencillez con la que es capaz de transmitir la mayor brutalidad, sin necesidad de ser escabrosa… Pero en algún momento voy a tener que parar, así que si os animáis a leerlo pasaos luego por aquí y contadme que os ha parecido, por favor. ¿Es realmente brillante o este amor mío es solo un furor uterino marcado por el momento y las hormonas?

¡Ya me contaréis!



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