Actos humanos, de Han Kang

Actos humanos, de Han Kang

Leer a Han Kang significa tener que enfrentarse a la incomodidad y hacerse preguntas que sabes que quedarán sin respuesta. Ya me ocurrió con La vegetariana y no podía ser de otro modo con su segundo libro. Aún así, me ha vuelto a impactar la brutal delicadeza del estilo literario de Kang. Con frases como “cada vez que levantas la tela blanca para mostrarla a alguien, te estremece la rapidez con la que actúa la putrefacción”, Kang nos pone cara a cara con nuestros tabúes. No puedes apartar la mirada. Pero lo hace sin ningún afán de morbo, sino con una sinceridad e inocencia que te desarma. Es una de las cosas que más me gusta de ella.

Es una lectura que incomoda y que produce una sensación de angustia que poco a poco va acabando con todo el aire de la habitación. Para mí esos son los mejores libros.

 

Actos humanos está estructurado como lo que podría ser un compendio de relatos, con diferentes protagonistas, pero todos ellos conectados a través de la intimidad del sufrimiento. ¿Cuánto puede llegar a padecer una persona y no morir? ¿Con cuánta crueldad puede actuar otra y seguir viviendo?

Precisamente, el libro muestra las diferentes aristas del sufrimiento y el trauma con el hilo conductor de las revueltas estudiantiles en la ciudad coreana de Kwangju en 1980 contra el régimen de Chun Doo-hwan y las brutales masacres perpetradas por el ejército con el objetivo de sofocarlas. Gracias a Kang nos ponemos en la piel de un joven que busca a su amigo con la culpable certeza de que le ha ocurrido algo terrible; en la de aquellos que tienen que vivir con la terrible culpa de haber sobrevivido a sus compañeros. Incluso miramos con los ojos de un alma que, una vez abandonado el cuerpo físico, no sabe exactamente como debe seguir su camino.

Ahora tiene veintitrés años y la gente espera que sea encantadora, que tenga rubor en las mejillas y que desprenda alegría de vivir por los hoyuelos de su sonrisa. Y ella lo único que quiere es hacerse vieja y que la maldita vida no se empeñe en alargarle la existencia.

A partir de un suceso muy concreto, la autora utiliza la voz de sus personajes para hacerse preguntas sobre cuestiones tan universales como la pérdida, la injusticia, el abuso de poder por parte del gobierno, la patria y el sentimiento de pertenencia… Pero también para dar alas a la incomprensión. Porque el mundo que Kang nos pone delante se me antoja del todo incomprensible y, sin embargo, lo vemos todos los días en diarios y noticieros. Hechos que por habituales han perdido la capacidad de impactarnos, pero que gracias a la descarnada sinceridad de Kang nos vuelven a poner la piel de gallina.

Cuando entrávamos en la sala de interrogatorios, ya tenían preparado el bolígrafo Monami. Creo que nos querían dejar bien claro que nuestros cuerpos no nos pertenecían, que no podrían volver a hacer lo que quisieran.

Pero, a pesar de todo, la pregunta fundamental que planea a lo largo de todo el libro podría ser: ¿es la crueldad un aspecto inherente a la condición humana? Otra pregunta más que se queda sin respuesta aparente, pero que podemos intuir a través de sus protagonistas. Estos ponen de manifiesto con sus actos que, ante las atrocidades más terribles, algunas personas son capaces de actuar con una bondad, generosidad y valentía infinitas, aunque ello les cueste la vida, en todas las formas posibles.

No hace falta tener un profundo conocimiento histórico sobre Corea del sur para entender el libro, aunque después de leerlo seguramente pasarás un buen rato buscando información sobre lo ocurrido. Es de esos libros que despiertan un hambre atroz. Hambre de querer saber, de querer comprender.

Para mí Kang es una de las voces más frescas del panorama literario actual, quizás sea por que no estoy habituada a leer autores asiáticos, pero creo que tiene una mirada muy particular y una manera de expresarse de lo más original. Creo que Kang hace suyo el llamado non-fiction-novel o periodismo narrativo, dándole un nuevo enfoque.

Además, era la primera vez que me veía con los ojos cerrados y me costó reconocerme.

En su momento fue todo un descubrimiento para mí y ahora, después de haber leído esta segunda obra, se ha consolidado como una de mis autoras de referencia.



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